Mi hija duerme. Y yo hoy me he animado a vencer la horizontalidad y dedicarme a escribir unas líneas sobre lo que creo que  le ocupa a ella veinticinco horas al día (cuando sueña en alto casi siempre canta nombres propios de su tribu bajita).
Ya cuando se dibujaba en líquido amniótico debió hacerse una idea de los espacios y las gentes que iban a susurrar su ser. La imagino escuchando de mi voz y de la de su papá, de las prolongaciones humanas a menos de medio metro de distancia, teorías alegres y trangresoras de sus capacidades, de su aventura vital, de la necesidad del afecto y el amor propio para poder ser compartido, de la autonomía y sus recobecos, de algunos miedos y muchas dudas, de su bienvenida como somos tod@s en este preciso instante en esta dimensión temporo-espacial. Sí, en Salamanca, en Juzbado, entre paredes blancas y demasiados meses fríos.
A ella no le gustan las vacaciones y cada día desea prolongar hasta el infinito sus quedadas y travesuras. Me habla de los vecinos de Juzbado, me cuenta secretos pizpiretos que (en mi mundo adulto) analizo como espejo de sus relaciones. Baila, baila, baila, juega, hace, ríe y llora, se enfada y abraza, explora continuamente sus límites: sí, puede hacerlo.
No hay otra razón para quedarse. No tiene que haberla. Mi hija es feliz en esta marea wayrense que ondea a diario sus ecuaciones y sus ganas de resolverlas de aquella manera que permita, principalmente eso, SER.
Tania

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