En un mundo que propone (¿impone?) formas de amar más bien escasas, limitadas, concretas y cerradas, las posibilidades de construir algo distinto, desde ese amor, se evaporan. El pensamiento divergente está en peligro de extinción y se está convirtiendo casi en una heroicidad: las utopías se escurren entre los dedos de esta sociedad líquida.

Y, sin embargo, existimos.

Una persona muy querida por mí me decía el otro día que, si tomamos en consideración los parámetros por los que se rige la sociedad en la que vivimos, Wayra no debería existir.

Y, sin embargo, existe. Existimos.

Vivimos formando una red de apoyos mutuos, una red orgánica que se transforma a diario sin que se diluya el material del que está hecha (¿el amor, quizá?). Niñ@s y adult@s nos mostramos, un@s a otr@s, y entre tod@s, que los afectos y los modos de cuidar(nos) toman muchas formas y muy diversas; que el aprendizaje se construye activamente y que coexistir no se limita a las cuatro paredes de una casa, o de una escuela.

9.30 de la mañana, llegamos a nuestra escuela. Niñ@s y adult@s nos entrelazamos en la convivencia: un@s hacen tortitas en la cocina, con algo de fruta que estaba a punto de echarse a perder. Otr@s hacen abalorios para el centro de interés de los pueblos originarios de América; otra persona se va a tallar un tronco para hacer un tótem. Un grupito parte de excursión hacia las rocas; alguien se va al aula de música a componer. Mientras tanto, la biblioteca está en marcha: tres personas trabajan en el ordenador; otras tantas, leen cuentos de manera distendida.

Por cierto, también hay una obra de teatro en marcha.

Y es que, a pesar de que no deberíamos existir (o precisamente por eso), tenemos un tesoro: deseos, aprendizajes y conocimientos se ramifican en función de los intereses, de las posibilidades, de los momentos, de las relaciones. Ese tesoro cotidiano es el que impulsa a nuestros hijos e hijas a vivir con impaciencia la llegada de la hora de ir a la escuela, para seguir cultivando amores (a las personas, al conocimiento, a las propias capacidades) divergentes de lo establecido.

Qué fortuna la nuestra, existir, pese a todo.

Natalia Palencia – Colectivo Wayra

#tesorosdiarios #escuelawayra

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